AQUEL MANGUITO CAÍDO
Ese árbol de mango que
yace caído,
quien gritaba al
mundo la existencia de Dios,
con su follaje verde y espigas doradas al sol
fue testigo mudo y
milenario en una zona vecinal,
de particulares hechos
de mi bella familia
que evoco desde mi ser
romántico y bohemio,
con sentimiento de
melancolía y nostalgia
porque el destino
sórdido e ineludible,
le rompió 50 años de
dulces y jugosos frutos
además de un sombrío
fresco y seguro.
Frutos que a diario alegraban
nuestra mesa
al deleitar el
manjar de su exquisito y nutritivo sumo.
Pues la piqueta
demoledora del progreso,
en cada golpe de la
fría hacha
y en cada gota de
sudor de su verdugo leñador,
acabó con ese fresco
sombrío y su verdor
que era atrayente de
sonrisas gratas y amables
al encanto de ambiente sano y acogedor.
Ese progreso que el
mundo material,
generador de vanidades y poderes,
que no es otra cosa
que la soberbia humana
destruye paulatinamente la obra de Dios,
y que cada día que
pasa ofende aquella cuna
donde crece el
milagro de la vida,
algún día vengará su
caída ese agraciado árbol
y no habrá milagro capaz de remediarlo.
Ese arbolito
hermoso diciente del mundo de hoy,
exaltador bondadosos
de espiritualidades,
se llevó para
siempre las miradas de humildad
y pensamientos de
alegría y esperanza,
nos exponía su dulce
cosecha y fresca sombra
cuando en busca de
tranquilidad y reposo
nos sentábamos en
nuestro jardín
para establecer
relación de familia buena.
Arturo Muskus
Villalba
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