Acompañando a una
gran amiga de la exhumación del cadáver de su padre,
encontré un papel
impecable, con un blanco reluciente que jamás había visto a mis años.
Ella no le dio
importancia al hallazgo, aunque la miro y tal vez leyó pocas palabras.
Luego la arrojó al
maderamen en trozos y polvo que cubría la ropa del difunto y sus huesos
Vi el cadáver: un
cráneo vacío con mechas de cabello blanco y una ropa deshilada.
La tomé con
naturalidad y el sigilo, la guardé, esperando que ella nada notara.
La leí al poco tiempo
y quedé crispado y sin comprender: extrañado devoré la misiva.
La caligrafía era tan
perfecta que parecía que cada letra proviniera de un mismo sello.
Las palabras entraron
a mí con la imaginación clara jamás vista, como si viera lo que leía.
Fue un encuentro con
lo que no existe, algo que se me salía de un contexto de la vida.
Nunca me imaginé que un hecho así me sucedería, pues he sido escéptico a lo paranormal.
Decía el escrito:
Muerto… Otro plano existencial.
Créelo… Arturo, te está ocurriendo y es verdad.
Jamás me imaginé una
eternidad así, pues no existe lo real ni lo irreal.
No veo distancia, ni
tiempo, método, filosofía, movimiento, cosa, éter, deseo, amor u odio.
Estoy muerto y no
quiero volver… Así sea con la promesa de
una felicidad estable terrenal.
Así sea que los que
me provocaron mi suicidio funjan como bellos ángeles celestiales
Me vi en mi propio
funeral, con aquellos seres que compartí, ahora alrededor de mi cadáver.
La hipocresía es evidente.
El descaro es total, en qué mundo tan impuro pude existir.
Me pareció extraño
ver a mis hijas llorando. Vecinos inmersos en la francachela de la maldad.
¿Será realmente por
mi muerte? o porque recordaron un percance ajeno a mí.
Para ellas el dinero,
el lujo y la comodidad fue el motivo principal de vivir.
Mis hermanas, esas
que me difamaron en total orgia de burlas y vilipendios:
torcido, resentido y
lo difundían en comunicación perenne con los cercanos.
Jamás comprendieron
que mis elecciones ideológicas obedecían sólo al amor al desdichado.
Ahora lloran.
Pregunto: ¿qué es lo que lloran? no
llores Alba, no esboces tu torpe disimulo.
¿De qué están hechas
tus lágrimas, Alba? de veneno tal vez o de falsedad y traición.
Mi cadáver es visto
en el ataúd brillante de madera tallada y al brillo del barniz.
En medio de flores extrañas
adquiridas con las monedas del desdén, infamia y deshonra.
Gente que siempre me
ignoró cuchichea demostrando un protocolo social más que dolor.
Con lo más mordaz y
falaz de la simulación otros en silencio luctuoso miran mi cadáver.
Mis cuñadas dicen al unísono
que se fue un gran hombre: ¿cuál? don
nadie para ustedes.
Infames todos..., me
llevaron a la opción de mi suicidio. Son actores de mi tragedia existencial.
No tuve fuerzas para
soportar su embestida, la muerte en vida dada por los que decían amarme.
No hay duda, descansé
de un mundo agresivo y demoledor, ahora estoy mejor.
Simplemente la vida
fue un infierno y no tuve fuerzas para luchar, fue mucho para mí.
Reconozco que perdí. Reconozco
que fui débil, reconozco que no supe vivir.
Me hicieron odiarme,
rechazarme y sentir la vergüenza de existir porque jamás fueron aliciente.
Mamá: esa la que sí
me amó. Dijo en lágrimas vivas que no
pensé en ella con mi última decisión.
Mis tías, otras que
me ignoraron, que borrachas de elites gozaron sin mirarme alguna vez.
Ellas están juntas en
un rincón, de negro, todas con un chal y gafas oscuras. Miserables.
Ellas, las que miran
el vestido y el peinado de otras más no la razón de compartir dolor.
Gente de mi gallada
barrial, ahí están, humildes, puro sentimiento, padecieron en mi muerte.
La humildad de los
que me amaron luce clara y es real, afecto y devoción de verdad.
La negra dolores con
una eternidad sirviéndonos, sin más interés que su verdadero dolor.
Mi amigo más querido,
Juan Paz, tanto que le aprendí, cuanto esfuerzo y exhortación.
Juan… no fui suficiente para vivir más, compartiste
mi dolor, tu mano fue un incentivo.
Carlos Bassa, agiotista
miserable, ahí estás, después de tu acoso y tu maldad qué haces ahí.
¿Qué haces ahí
miserable? Infame, eres parte de lo que me llevó a mi trágica decisión.
Ese chulo negro miserable
abre las alas como el demonio vivo y ahora se acerca a mi cadáver
El padre Thomas, en
tu pecho recosté llorando mi cabeza buscando un alivio a mi pesar.
Muchas veces me socorriste
en mi desesperación, buen ministro del Padre Celestial.
El padre celestial, que
no veo, porque estoy condenado, pues solo Dios es el dueño de la vida.
No tuve otra opción y
Dios sabe de mi angustia y sufrimiento y sé que pronto estaré con él.
Purgaré mi pecado en esta
eternidad que es un verdadero descanso indescriptible.
Mi esposa…
pobrecilla, no tuvo sabiduría para descubrir mi dolor. No la culpo. Sólo
futilidad.
Una vida con ella,
pero su gran amor por los suyos dejó poco para mi…ahora ya no importa.
Mi padre, en alma
conmigo, está desde arriba mirando hacia los suyos. Siempre.
Si estuvieras vivo papá,
mi suerte hubiera sido otra, porque al irte te llevaste mi paz.
Aun así, hice lo que
un hombre de Dios puede dejar en felicidad y gocé a los que ama.
Son palabras desde la
verdadera paz; por eso las dejé cerca a la putrefacción de mi cadáver,
en medio de los lirios
morados que la dócil brisa mueve como si estuvieran llorando,
debajo de un ciprés
que erguido mira el panorama donde reposan el ajuar de las ánimas.
Gracias a la vida por
estar muerto. Gracias a los que me vieron, nacer, crecer y morir.
Los que me amaron los
llevare conmigo, los que me causaron dolor los perdono.
Dios tenga piedad de
esta ánima que ahora se pasea por los rincones de la perpetuidad.
amen.
ARTURO MUSKUS
VILLALBA
Derechos de Autor
