sábado, 20 de junio de 2026

DESPUES DE UN SUICIDIO... UNA CARTA.

 


 

Acompañando a una gran amiga de la exhumación del cadáver de su padre,

encontré un papel impecable, con un blanco reluciente que jamás había visto a mis años.

Ella no le dio importancia al hallazgo, aunque la miro y tal vez leyó pocas palabras.

Luego la arrojó al maderamen en trozos y polvo que cubría la ropa del difunto y sus huesos

Vi el cadáver: un cráneo vacío con mechas de cabello blanco y una ropa deshilada.

La tomé con naturalidad y el sigilo, la guardé, esperando que ella nada notara.

La leí al poco tiempo y quedé crispado y sin comprender: extrañado devoré la misiva.

La caligrafía era tan perfecta que parecía que cada letra proviniera de un mismo sello.

Las palabras entraron a mí con la imaginación clara jamás vista, como si viera lo que leía.

Fue un encuentro con lo que no existe, algo que se me salía de un contexto de la vida.

Nunca me imaginé que un hecho así me sucedería, pues he sido escéptico a lo paranormal.

Decía el escrito:

Muerto… Otro plano existencial. Créelo… Arturo, te está ocurriendo y es verdad.

Jamás me imaginé una eternidad así, pues no existe lo real ni lo irreal.

No veo distancia, ni tiempo, método, filosofía, movimiento, cosa, éter, deseo, amor u odio.

Estoy muerto y no quiero volver…  Así sea con la promesa de una felicidad estable terrenal.

Así sea que los que me provocaron mi suicidio funjan como bellos ángeles celestiales

Me vi en mi propio funeral, con aquellos seres que compartí, ahora alrededor de mi cadáver.

La hipocresía es evidente. El descaro es total, en qué mundo tan impuro pude existir.

Me pareció extraño ver a mis hijas llorando. Vecinos inmersos en la francachela de la maldad.

¿Será realmente por mi muerte? o porque recordaron un percance ajeno a mí.

Para ellas el dinero, el lujo y la comodidad fue el motivo principal de vivir.

Mis hermanas, esas que me difamaron en total orgia de burlas y vilipendios:

torcido, resentido y lo difundían en comunicación perenne con los cercanos.

Jamás comprendieron que mis elecciones ideológicas obedecían sólo al amor al desdichado.

Ahora lloran. Pregunto: ¿qué es lo que lloran?  no llores Alba, no esboces tu torpe disimulo.

¿De qué están hechas tus lágrimas, Alba? de veneno tal vez o de falsedad y traición.

Mi cadáver es visto en el ataúd brillante de madera tallada y al brillo del barniz.

En medio de flores extrañas adquiridas con las monedas del desdén, infamia y deshonra.

Gente que siempre me ignoró cuchichea demostrando un protocolo social más que dolor.

Con lo más mordaz y falaz de la simulación otros en silencio luctuoso miran mi cadáver.

Mis cuñadas dicen al unísono que se fue un gran hombre: ¿cuál?  don nadie para ustedes.

Infames todos..., me llevaron a la opción de mi suicidio. Son actores de mi tragedia existencial.

No tuve fuerzas para soportar su embestida, la muerte en vida dada por los que decían amarme.

No hay duda, descansé de un mundo agresivo y demoledor, ahora estoy mejor.

Simplemente la vida fue un infierno y no tuve fuerzas para luchar, fue mucho para mí.

Reconozco que perdí. Reconozco que fui débil, reconozco que no supe vivir.

Me hicieron odiarme, rechazarme y sentir la vergüenza de existir porque jamás fueron aliciente.

Mamá: esa la que sí me amó.  Dijo en lágrimas vivas que no pensé en ella con mi última decisión.

Mis tías, otras que me ignoraron, que borrachas de elites gozaron sin mirarme alguna vez.

Ellas están juntas en un rincón, de negro, todas con un chal y gafas oscuras.  Miserables.

Ellas, las que miran el vestido y el peinado de otras más no la razón de compartir dolor.

Gente de mi gallada barrial, ahí están, humildes, puro sentimiento, padecieron en mi muerte.

La humildad de los que me amaron luce clara y es real, afecto y devoción de verdad.

La negra dolores con una eternidad sirviéndonos, sin más interés que su verdadero dolor.

Mi amigo más querido, Juan Paz, tanto que le aprendí, cuanto esfuerzo y exhortación.

Juan…  no fui suficiente para vivir más, compartiste mi dolor, tu mano fue un incentivo.

Carlos Bassa, agiotista miserable, ahí estás, después de tu acoso y tu maldad qué haces ahí.

¿Qué haces ahí miserable? Infame, eres parte de lo que me llevó a mi trágica decisión.

Ese chulo negro miserable abre las alas como el demonio vivo y ahora se acerca a mi cadáver

El padre Thomas, en tu pecho recosté llorando mi cabeza buscando un alivio a mi pesar.

Muchas veces me socorriste en mi desesperación, buen ministro del Padre Celestial.

El padre celestial, que no veo, porque estoy condenado, pues solo Dios es el dueño de la vida.

No tuve otra opción y Dios sabe de mi angustia y sufrimiento y sé que pronto estaré con él.

Purgaré mi pecado en esta eternidad que es un verdadero descanso indescriptible.

Mi esposa… pobrecilla, no tuvo sabiduría para descubrir mi dolor. No la culpo. Sólo futilidad.

Una vida con ella, pero su gran amor por los suyos dejó poco para mi…ahora ya no importa.

Mi padre, en alma conmigo, está desde arriba mirando  hacia los suyos. Siempre.

Si estuvieras vivo papá, mi suerte hubiera sido otra, porque al irte te llevaste mi paz.

Aun así, hice lo que un hombre de Dios puede dejar en felicidad y gocé a los que ama.

Son palabras desde la verdadera paz; por eso las dejé cerca a la putrefacción de mi cadáver,

en medio de los lirios morados que la dócil brisa mueve como si estuvieran llorando,

debajo de un ciprés que erguido mira el panorama donde reposan el ajuar de las ánimas.

Gracias a la vida por estar muerto. Gracias a los que me vieron, nacer, crecer y morir.

Los que me amaron los llevare conmigo, los que me causaron dolor los perdono.

Dios tenga piedad de esta ánima que ahora se pasea por los rincones de la perpetuidad.

amen.

 

ARTURO MUSKUS VILLALBA

Derechos de Autor


lunes, 27 de abril de 2026

MURIÓ JULIAN GONZALEZ, ALIAS "EL BOLA"

 Se llamaba Julián González y para goce de muchos yace muerto en la calle.

Ese que te robó tu dinero aquella tarde de diciembre, ya no está en tu mundo.  

Ya puedes gritar a los cuatro vientos que ya cayó el bandido y entonces ríes.  




Le dieron de baja ayer la policía nacional por resistirse a ser arrestado.

Alguien condescendiente le ha tapado la cara y se ha persignado ante el cadáver.

La gente reprocha esa actitud diciendo: --déjalo para que lo vean, es uno menos.

Tenia una camiseta negra, un bluejean y zapatillas deportivas de lona.

La gorra negra quedó al lado del cadáver, lo mismo unas gafas oscuras.

La gente celebra que Julián ha fallecido y dicen: quién sabe cuántas victimas llevaba,

pero nadie conoce a ese individuo, ni qué lo llevó a la vida delincuencial.

No saben nada, porque nadie lo conoce. No vive en este barrio, dicen los reunidos.

La gente se acumula para verle la cara, ahí está el delincuente, bien hecho.

Fue tan de malas que sólo ahí tirado pudo llamar la atención en la comunidad.

llega una mujer anciana, está vestida astrosamente, cara sufrida y delgada.

Se arrodilla y llora en el pecho del muerto que sigue sangrando por el oído.

El grito del llanto calla el estropicio de la gente. Todos lo miran con desprecio.

Se oyen las ambulancias, hay muchos policiacos y medicina legal hace su labor.

Se toman fotos, se levanta un croquis del cadáver en el suelo, se anota en libretas.

Llegan los medios noticiosos, con cámaras en mano, esta tarde lo verá todo el país.  

Es la madre de Julián, la eterna lavandera de los barrios del norte, ahí está.

Empieza a llover y la gente se va, la madre esta entumecida llorando su hijo.

Sus manos están arrugadas y de aspecto blanquecino por el detergente a diario.

Julián nunca tuvo padre, fue otro desliz de la madre con un conductor de buses.

El padre nunca respondió el llamado a responder por la creatura; ya tenía un hogar.

Fueron cuatro hermanos que la madre lavando ropa mantuvo hasta donde pudo.

La pobreza donde vivió Julián es notable, se ven mejoras a bloques y obra negra.

Es un barrio de invasión que el municipio se niega a reconocer como tal.

los niños juegan en la calle en medio de arroyuelos de agua negra nauseabunda.

No existe agua potable, ni alcantarillado y la luz es tenue porque es ilegal.

Un zurcido de cables en posteria de lánguidos palos se observa en la distancia.

La venta de droga es común en el frente, en las esquinas y por transeúntes.

La policía no llega al corazón de la invasión sino en patrullas y muy prevenidos.

El hampa en esa zona es común, planean sus golpes en el billar de la esquina.

Siempre hay escándalos en plena calle por disputas de mala repartición del botín.

Las mujeres a físico golpes se agarran por un hombre que tampoco vale nada.

Ese que nunca trabaja, pero lleva cualquier cosa no importando el modo de su logro.

Su vida sólo un canario que preso en su jaula de madera ocupa su atención.

La gente se encierra y muchos ya tienen rejas de hierro para protegerse.

En la tienda su propietario es un hombre obeso, un matarife que atiende la clientela.

La depredación del barrio es total y se niega a fiar cuando la cuenta se atrasa. 

El llanto es común de madres que suplican crédito ante el hambre de sus hijos.

Muchos venden hortalizas y frutas en el mercado y en el centro de la ciudad.

Se ven carretas movidas por lánguidos caballos y a veces por burros enfermos y viejos.

Los habitantes del barrio regresan a las cinco y de inmediato el arroz con salchichón.

Una jarra de Frutiño es la bebida y comen hasta la saciedad después del día de hambre.

Se oye un pick up muy cerca que resuena en el barrio con gran estropicio.

Tal vez la celebración de un golpe, por eso se ven muchas canastas de cerveza vacías.

Nadie reclama por la inmensa intranquilidad del sonido a gran volumen.

Pasan parroquianos de iglesias vestidos de blanco y corbata: hablan de la salvación.

A media cuadra está el templo, se observan sillas, amplificación y aire acondicionado.

El suceso de Julián llega al barrio de invasión: eso se veía venir dicen todos.

El prontuario de Julián no cabe en su expediente y tiene sus dos hermanos presos.

Su hermana menor ejerce la prostitución en una calle transitada de la ciudad.

Ella se acuesta con señores de bien, esos que muestran ser hombres de sus hogares.  

Vio desde muy niña a su madre hacer lo mismo para llevar el pan a casa.

los motorizados gota a gota en una moto   irrumpen la tranquilidad de las casas.

Entran sin impedimentos con amenaza e insultos, se observa violencia.

No hay artículos de valor para sustraer y así costear la deuda contraída.

Los gota a gota no se van porque saben que el endeudado ha fallecido.

 Solo un desvencijado y vetusto equipo de sonido en el fondo de la pequeña sala.

Pasan carromotos cargados de electrodomésticos desechados en los barrios del norte.

La casa de Julián es de ladrillos, el olor es a pobreza, hay una nevera que no funciona.

Llegan amigos de Julián a visitar la madre que esta de negro en la puerta de su casa.

Todos tienen prontuario delictivo por hurto, tráfico de drogas y porte de armas.

Los paga diarios ven desde la esquina que la madre de la víctima está a  la vista.

La madre recibe el pésame en medio de tufos licorosos y mirada con efecto narcótico.

Los paga diarios ven la oportunidad y abordan a la madre de Julián, el fallecido.

Hay conato de bronca entre el paga diario y los visitantes en la casa del muerto.

Pero la notificación quedó en pleno: señora, usted debe responder por esa deuda.

Ella no dice nada y sigue llorando la muerte de su hijo y los hombres se van.

Las chismosas recogen cabos en busca de noticias llegan a donde la madre de Julián

No la conocen, pero actúan como si hubieran sido grandes amigas.

De inmediato se arma un altar con santos, flores, dos velas y la foto de Julián.

Un desconocido hizo una olla de tinto que se reparte a todos los visitantes.

La gente trae sillas de sus casas y empieza la rezandera por el muerto.

el rezo responsorial se escucha desde la cantina que ha apagado la música.

Se oye un borracho que alega que entre más nos encierren más malos seremos.

Nadie se pregunta por qué Julián murió en su ley, por qué había matado y había hurtado.

Pero nadie piensa en las dificultades de la madre en un ambiente hostil de ese barrio

En medio de drogas y compra venta de hurtos los niños ya tienen profesión:  delincuencia.

Aprietos de una madre con la pobreza total mientras crecen sus hijos como Julián.

Que podía salir de ese barrio: un médico, un ingeniero, un hombre de bien, no, nada.

El barrio parió lo que sus habitantes sembraron en medio de su ignorancia: Delincuentes.

Pero hay gente que cuidó bien a sus hijos, ahora son albañiles, mecánicos, vendedores y más.  

Pero todos sufren de los mismo: la pobreza y la mala vida.

En las elecciones del barrio la democracia es que todos reciben dinero por su conciencia.

Salen contentos con su miseria en el bolsillo, comen hoy ¿pero mañana?

Ya puedes decir uno menos, a todos hay que acabarlos. No tienen solución.

Julián era niño y lloraba su tetero: nadie pensó la suerte del deshinchado.

Esa es la triste historia del delincuente. Qué habrá más allá de su delito.

Los niños nacen buenos, son ángeles del cielo, el ambiente los pervierte.

Ahora puedes celebrar que hay uno menos, destapa la champaña ya.

Pues goza la muerte de Julián, todos deben merecer balín y más balín.

Para ellos balín es lo que hay y nada más.


Arturo Muskus Villalba.

 

 

 

 

 

sábado, 18 de abril de 2026

YO CONOCÍ A JUAN PAZ, EXTRAÑO PERSONAJE.


 Yo sé quién es ese  hombre:  se llama Juan Paz y es un tipo muy singular, un filántropo por su accionar frentero, un  pacifista  que  pone la otra mejilla para calmar el ímpetu violento de quien lo humilla. Juan es muy romántico, lo noté por la forma de hablar de su mujer, que no hay duda ama profundamente. Es un enamorado de la vida y ha vivido sin ostentaciones, pero es feliz, lo juro; nunca había visto un ser humano degustar así la vida con todas  sus alegrías y tristezas. Lo veo caminar con sus años viejos hasta perderse en la maraña que deja la lejanía del camino con el estrepitoso sonar de las cigarras que anuncian una tarde más de lluvia. A Juan nada le falta  para alzar los brazos frente al arcoíris y dar gracias a Dios por ser feliz, por respirar, por caminar y por ser amado, por tener su tierrita enclavada en la montaña. Cuando  a su casa llega ve la sonrisa tierna y alegre de su mujer, de sus hijos y sus nietos. Un día me dijo, en su labor madrugador del ordeño,  que creía que la gente nunca abraza la felicidad cuando en vez de gozar su fortuna,  primero difunde  todos su goces  a personas que simplemente no les interesa pero lo escuchan para mantener una relación apenas lacónica que muchas veces se plasma de hipocresía, por eso soterradamente se ríen por dentro, pensando seguramente algo como: -qué clase de imbécil es este tipo-, aunque no demuestran ningún atisbo de desdén, sino  un interés ficticio.   Este prototipo de personajes muy típicos  en la América tercermundista es totalmente adverso a Juan Paz, porque viven en competencia perenne con sus similares, con la prepotencia y la arrogancia plasmada en su ADN transmitida por su estirpe  ceñido por su  ego demoledor.  Cuenta con una voz demoniaca que llevan por dentro y que al final  será la causa  de su  fracaso eterno de lograr su paz interior que cada ser humano deberá buscar y guardar en un rincón de su corazón. Por eso nunca serán felices, así su perfume francés lo siga orgulloso en su pobre condición.  Nadie es más feliz que Juan, que no solo goza su vida a toda, ajeno de problemáticas laborales, de costos de producción, escases de materias primas, producto interno bruto, de proceder de gobiernos adversos y demás palabras que los técnicos de la economía manejan   porque la  única   función social de Juan es vivir y regalar alegría y sosiego  difundido en cada puerta que toca, sin la mínima solicitud de recompensa.  Por eso es evocador de momentos felices desde su niñez, porque quien fue feliz de niño también lo será siendo adulto cuando el amor  prima en su vida sellando por siempre su alma. Juan me dijo que de nada sirve una mesa con los mejores platos si sencillamente no tienes apetito. Si la opulencia da felicidad entonces los opulentos jamás llorarían -me dijo- los he visto llorar y hasta atentar contra lo más preciado: la vida.  Juan  toca puertas regalando amor  con su humilde sonrisa, sus ojos saltones y su sombrero de paja ya desvencijado por el tiempo. Observé que la  paga que recibe Juan  no requiere monedero, ni billeteras con documentos, tarjetas de créditos, documentos del vehículos, ni  el salvoconducto para su arma de fuego, porque son  miles de sonrisas  alegres extraídas, capaz de lograr algo de felicidad para disipar momentos de dolor.  Juan dice que el amor es el ingrediente  más importante para encontrar la felicidad, que es más valiosa que muchas minas de oro y plata. Por eso los opulentos mantienen relaciones frías como el hielo cuya prioridad rige solo en el factor dinero, pero nadie lo nota porque son increíblemente reservados, porque sus desgracias quedan en las cuatro paredes de su morada.  Juan tiene alma de niño, lo aseguro, porque es ingenuo y bondadoso pues no necesita de la estrategia del jugador de poker, ni el cinismo del truhan, ni la soberbia del poderoso acaudalado.  Cuando habla Juan  avoca el tema  lentamente y con humildad, que  quien no le conoce pudiera aducir de forma segura que Juan es un ignorante  y  un necio hasta que su discurso se decanta en su realidad espiritual que llena sentimientos provocando contagio y admiración sin una sola palabra rebuscada. Juan siempre escucha con paciencia de pescador solitario y cuando te habla  te mira los ojos exhalando el olor de la ternura, la bondad y la compresión. Qué día lo vi sonreír  cuando miraba un colibrí sobre un roja cayena en una dorada tarde de abril en su jardín,  A Juan le afecta el mal ajeno,  porque  viendo la pobreza y la desgracia de otros, sufre, se deprime y ni siquiera lo disimula. Este hombre aprendió a compartir todo, así sea un pedazo de pan. Juan es supremamente culto, porque no hay un tema que no domine, Viste sencillo y no le importa la marca de su ropa y el comentario burlesco por lo que lleva puesto; no propende para que conozcas a  lujo de detalle el valor donde acaba de estar  y mucho menos de su proveniencia; es decir, nunca habla de su plato favorito que degustó, ni la locura del lujo de ese restaurante donde sólo vio personajes clonados adversos a él, ni la calidad del vino que degustó, porque estoy seguro que aunque Juan fuera de  linaje noble y tuviera muchos bienes seguiría siendo el mismo Juan Paz que todos conocen.  Este hombre  jamás tuviera la mentalidad del pudiente en el  goce de todo lo que genera placer  a todo dar y fuera consciente que a nadie le importa que el vino de su cena fue un Burdeux  (Château Margaux) y mucho menos cuando un desposeído lo escucha, que seguramente ese pobre hombre resiente de la vida por su imposibilidad de darse esos goces del pudiente. Juan camina lento y a veces se detiene  mirando las piedras del camino, oyendo las aves canoras y el suave sonido de sus alpargatas sobre el barro seco. Juan  socorre al necesitado del camino aunque sea  un desconocido, porque prefiere seguir los postulados de aquel hombre hijo del carpintero judío ante un samaritano arrogante sin un ápice de llevar en la frente el INRI de fariseo hipócrita. Viendo tantos años a su amada esposa  a su  lado, cree que el ángel del amor sí existe, que sólo la gente como él puede ver, más no  aquellos que creen que la vida únicamente vale la pena  cuando se aumenta la fortuna, no importando a quien te lleves por delante..  Lo critican y hasta lo hieren ciertos personajes  dueños absolutos de la verdad y la razón, cuya arma más letal es el vilipendio y el gozo del dolor ajeno. En el postre de la vida algunos se creen  la crema y nata movidos por la insípida cereza roja y brillante en el lugar de los de arriba, sólo bajo el talante de aparentar y  demostrar una grandeza que nunca han tenido ni tendrán.  Dice Juan que el pragmatismo y el sentido práctico de las cosas jamás será la solución para toda problemática no importando la opinión del sabio, ni del  ignorante, ni del charlatán, es decir, el cálculo por encima de un acto de benevolencia y humanidad.  Afirma con vehemencia a los cuatro vientos que los místicos, la espiritualidad y la bondad no van más allá de sus conveniencias sociales, pues creen que otros  miran el ángulo de las cosas  bajo  la ridiculez, la cursilería y el resentimiento social, como si supieran claramente que el mundo de hoy, donde  los valores se venden, adolece del amor, honor, moral, solidaridad y los principios cristianos. Hoy hay deterioro de aquello que fortalece una sociedad de paz y equidad aunque se jacten de hablar de democracia, derechos humanos, igualdad social  y no sé qué más mentiras, porque nunca se cumple a cabalidad, porque predomina ese que todo lo compra. No hay un solo valor humano que el dinero no compre, desde lo interno humano hasta las bragas de las mujeres bellas pero díscolas y vacías, como siempre ha sido en la historia de la humanidad, donde las putas han estado siempre mencionadas como personajes de la historia universal teñida por una fantasiosa ética que nadie cumple, mientras se lleva por delante la dignidad y los derechos de un parroquiano humilde que solo desea ser feliz. Juan   nunca cambiará, me lo ha dicho hasta la saciedad, hasta que en la agonía de su vida respire por última vez y cuando él ya no esté en este plano existencial podrá señalar en paz  a todos los que lo amaron y también  los que le hicieron daño. Simplemente... Solo sé que este hombre  es llamado Juan Paz y para mí proviene del espacio sideral pues estoy seguro que humano no es. 

Por Arturo Muskus Villalba .

viernes, 18 de julio de 2025

ESE VIEJO PORTON.

 



Regresé porque creí recoger mis recuerdos más sensibles de mi vida.

Volvía a ver las calles arenosas de mi pueblo, después de tantos años lejos en la soledad.

Vi un sol canicular en el medio día que irradiaba en los almendros polvorientos en verano.

Vi los niños jugando en la calle que me sacudían las evocaciones más profundas de mi infancia.

Hasta que divisé el viejo portón, ese cuadro hermoso que me vio nacer, crecer y volver.

Ahí paré y lloré agarrando las maderas del portón desgastadas por el tiempo.

No sé si lloré de tristeza o de felicidad, pero estaba ahí donde soñé.

Las violetas de mamá estaban iguales, en su color a su máximo esplendor.

Por eso sentí mi corazón latir fuertemente ante ese cuadro esperanzador.

He vuelto, estoy acá, otra vez con ellos, los míos. Cuánto ansié este momento.

Sentí esos olores a mi niñez y voces en mi mente como si hubiera regresado del pasado.

El mismo canto de las mirlas en lo alto del viejo ciruelo. El olor a estufa de leña, al horno de barro.

 La palma seca del tejado estaba ahí. 

He vuelto y aquí estoy y me voy a quedar.

Pero mi perro no me ladró alegremente como antes, me reconocía el sabueso en la distancia.

Mi perro no llegó a mí; recuerdo verlo mover su cola  cuando llegaba.  

El silencio era aterrador. Algo me decía que no habría felicidad sino tristeza y sentí miedo.

Sentí miedo de entrar, después de tantos años otra vez mi hogar, mi feliz infancia allí palpada.

Grité llamando varias veces y nadie contestó.

Abrí el portón y pasé; caminé despacio hacia adentro por lo que fue el jardín de mamá:

No estaban sus rosas, sus claveles, sus azucenas, ni las canastas de helechos.

Llegué al cuarto que había sido mío desde la niñez y estaba vacío.

Caminé lento sangrando en mis recuerdos más sublimes.

A lo lejos vi el retrato desvencijado de mis abuelos, como mirándome con reproche.

Esperaba a mamá con los brazos abiertos; más aún, a papá, ese que un día se fue y nunca volvió.

Mi padre: ese campesino bueno con botas de caucho, un uniforme camuflado y un tiro en la sien:

 Dizque por guerrillero apareció muy lejos y por eso lejos me fui.  

La calidez de mamá no llega a mí y ahora me cuesta respirar con mi sollozo latente.

Mis hermanos… dónde estarán?

Esperaba a todos abrazarme, pero nadie llegó a mí. El silencio persistió y era total.

Puse mis valijas en una mesa y miré las láminas de zinc corroídas por el tiempo

Las telarañas en las claraboyas de la sala y más allá los muebles desvencijados de mamá.

He regresado, solo para saborear siquiera un poco de felicidad como ayer.

Vi un farol tiznado de alguna navidad juntos que reconocí sobre un muro de la negra cocina.

El eterno limonar lánguido estaba a fondo del patio y el cafetal seco que me vio crecer.

He regresado para rehacer mi vida después de tantos años de soledad, rejas y encierro.

He regresado después del crujir de cadenas y candados.

He regresado después de añorar la libertad y la vida al sol como la cigarra. Hoy creo 

que he muerto varias veces en medio de la tortura y la desesperanza.

He regresado en la desgracia de creer que la lucha por los demás era grata y bien pagada.  

He regresado para sentir a mamá y contarle todo mi dolor en ese largo encierro, llorar en 

su pecho arrepentido, pero ella no estaba. 

El silencio era diciente y me humillaba.

Abrí una puerta y un anciano moribundo desconocido me reprochó mi presencia.

Acostado en un catre nauseabundo y sucio en la oscuridad del pequeño cuarto, me dijo:

unos murieron y otros se fueron y esto ya no es suyo, váyase.

No me diga que no sabe del pasado de este infeliz pueblo.

Quise quedarme un poco más pero ya nada estaba igual.

El nudo en la garganta me retorcía el alma.

Vi en la esquina del pasadizo la máquina de coser de mamá y a ella mirando lejos.

 Váyase me dijo el viejo, ni sus recuerdos de este mugroso rancho ahora pertenecen a usted.

Búsquelos porque en este pueblo infausto ya no están, la violencia se los tragó.

Me di la vuelta y tomé mis valijas llorando hasta salir por el viejo portón.

Miré otra vez hacia adentro como si viera a mamá limpiando el arroz en su taburete;

o con su mirada lejos hacia afuera desde arriba de su máquina de coser.

Vi la cocina ahumada por el rigor del tiempo y como espejismo a papá con su machete al cinto.

El pilón, las viejas ollas tiznadas y la estufa de concreto los vi por la ranura de la puerta.

Ya no están. Ya no existen sino en mi memoria. Miro al cielo cierro el portón y me marché.

Nunca más volveré. La violencia y la guerra acabaron hasta con mis recuerdos.

Oí por ahí: ''que viva la patria'' y con el camino pedregoso sigo adelante. 

No volví a mirar atrás, al rancho donde crecí. ¿Cuál patria? Digo yo. 

lunes, 2 de septiembre de 2024

EN NOVIEMBRE LLEGABAN LAS LAURAS...

 


Bellos recuerdos aquellos en el pasar de mi vida.

Mi eterna casa, amplia, acogedora y de ambiente alegre.

Paredes que nunca fueron paraíso de sinsabores ni heridas.

Con las lauras, la brisa pronto vendrá, el verano está aquí.

Laura: ave  emigradora de vuelo  majestuoso de América.

  Todos nos alegramos cuando el olor a navidad nos abrazaba.

El ambiente cambiaba y en nuestros temperamentos mucha paz.

Ya el viejo no está, ni las lauras llegan, tampoco el cocotero espigado.

Solo queda una mole de concreto riéndose orgullosa sobre mi recuerdo.

Todo se lo lleva el presente, hoy con gente frívola, vacía y sin poesía.

Ya nadie mira en silencio un colibrí sobre la azucena engreída y coqueta.

El siglo veintiuno será espiritual o simplemente no será. Dijo el sabio.

Y de nuestras tumbas no quedará la cruz, ni lápida, ni lirios morados.

Tu retrato será una imagen ignorada y algún día a la basura llegará.

Las lauras nunca vendrán y ese jardín será otra mole de concreto.

Ojala nunca  vea la pared fría de ese jardín con obreros y piquetas.

Pero será así,  aunque lo vivido solo reposa en nuestro corazón.

Oh, recuerdos bellos, será lo único que no me podrán quitar jamás.

Oh Dios.   




jueves, 23 de mayo de 2024

LA MUSICA EN EL AMOR DEL AYER.

 



En 1978, era yo un joven de veinte años, lleno de sueños en mi bella Barranquilla,

y ya me gustaba esas canciones hermosas: salsas merengues y vallenatos.

Crecí oyendo música en el frenesí de la vida y sentí contra mí muchas jóvenes,

lindas todas, tiernecitas y llenas de sueños bellos. Sentía uno el corazón de ellas

latir como golpeando nuestro pecho en cada nota de esas bellas melodías.

Ellas esparcían sus feromonas cual mariposas de colores en un lugar cálido y bello

indescriptible por la emoción de ese encuentro al solaz en la ternura, ambos,

cuando el amor nos miraba entre bambalinas. Quien sabe cuántos besos arranqué,

besos que se quedaron gravitando por siempre en la inmensidad de la vida.

Bueno ha pasado el tiempo y ahora solo tengo junto a mis arrugas y mis canas

una vida bien vivida y el recuerdo de lo bello como si hubiera sido ayer en la tarde

en mi Barranquilla, con su crepúsculo de arreboles de llamas rojas y amarillas.

Lo único que me queda son los recuerdos, que son como preciosas joyas

depositados en el cofre de mi mente. ¿Existir? sí, soy consciente, pero esas bellas

canciones son testigos evidentes de los más sublime cuando arrancas un beso

a una mujer joven e inexperta en lidias del corazón y le sientes ruborizar sus vellos

palpando la pasión de su cálida boca. La música era propicia para que ellas

entregaran su amor en aventura loca y en pase suave, con el eclipse de la pasión.

Ellas quedaban extasiadas y cerraban los ojos para que probara su boca ansiosa.

Sí... explotaba un éxtasis de promesas de juventud, de amar para siempre,

no sabiendo que en el frenesí de la vida de aventuras en la juventud se 

borraban esas palabras de hojas secas al viento madrugador en un frio amanecer.

Una de estas canciones fue ¨Tienes que quererme Corazón´ del gran maestro

Chico Cervantes de Magangué Bolívar. Excelente amigo. Gracias maestro. 

Allá en la eternidad donde  ahora estás nos vamos a ver  pronto.

 

ARTURO MUSKUS VILLALBA

DERECHO DE AUTOR

MINISTRIO DEL INTERIOR

REPUBLICA DE COLOMBIA