Se llamaba Julián González y para goce de muchos yace muerto en la calle.
Ese que te robó tu dinero aquella tarde de diciembre, ya no está
en tu mundo.
Ya puedes gritar a los cuatro vientos que ya cayó el bandido y entonces ríes.
Le dieron de baja ayer la policía nacional por resistirse a
ser arrestado.
Alguien condescendiente le ha tapado la cara y se ha
persignado ante el cadáver.
La gente reprocha esa actitud diciendo: --déjalo para que lo
vean, es uno menos.
Tenia una camiseta negra, un bluejean y zapatillas
deportivas de lona.
La gorra negra quedó al lado del cadáver, lo mismo unas
gafas oscuras.
La gente celebra que Julián ha fallecido y dicen: quién sabe cuántas
victimas llevaba,
pero nadie conoce a ese individuo, ni qué lo llevó a la vida
delincuencial.
No saben nada, porque nadie lo conoce. No vive en este
barrio, dicen los reunidos.
La gente se acumula para verle la cara, ahí está el
delincuente, bien hecho.
Fue tan de malas que sólo ahí tirado pudo llamar la atención en
la comunidad.
llega una mujer anciana, está vestida astrosamente, cara
sufrida y delgada.
Se arrodilla y llora en el pecho del muerto que sigue
sangrando por el oído.
El grito del llanto calla el estropicio de la gente. Todos
lo miran con desprecio.
Se oyen las ambulancias, hay muchos policiacos y medicina
legal hace su labor.
Se toman fotos, se levanta un croquis del cadáver en el
suelo, se anota en libretas.
Llegan los medios noticiosos, con cámaras en mano, esta
tarde lo verá todo el país.
Es la madre de Julián, la eterna lavandera de los barrios
del norte, ahí está.
Empieza a llover y la gente se va, la madre esta entumecida llorando
su hijo.
Sus manos están arrugadas y de aspecto blanquecino por el
detergente a diario.
Julián nunca tuvo padre, fue otro desliz de la madre con un conductor
de buses.
El padre nunca respondió el llamado a responder por la
creatura; ya tenía un hogar.
Fueron cuatro hermanos que la madre lavando ropa mantuvo
hasta donde pudo.
La pobreza donde vivió Julián es notable, se ven mejoras a
bloques y obra negra.
Es un barrio de invasión que el municipio se niega a reconocer
como tal.
los niños juegan en la calle en medio de arroyuelos de agua
negra nauseabunda.
No existe agua potable, ni alcantarillado y la luz es tenue
porque es ilegal.
Un zurcido de cables en posteria de lánguidos palos se
observa en la distancia.
La venta de droga es común en el frente, en las esquinas y por
transeúntes.
La policía no llega al corazón de la invasión sino en
patrullas y muy prevenidos.
El hampa en esa zona es común, planean sus golpes en el
billar de la esquina.
Siempre hay escándalos en plena calle por disputas de mala
repartición del botín.
Las mujeres a físico golpes se agarran por un hombre que
tampoco vale nada.
Ese que nunca trabaja, pero lleva cualquier cosa no
importando el modo de su logro.
Su vida sólo un canario que preso en su jaula de madera ocupa
su atención.
La gente se encierra y muchos ya tienen rejas de hierro para
protegerse.
En la tienda su propietario es un hombre obeso, un matarife
que atiende la clientela.
La depredación del barrio es total y se niega a fiar cuando
la cuenta se atrasa.
El llanto es común de madres que suplican crédito ante el
hambre de sus hijos.
Muchos venden hortalizas y frutas en el mercado y en el
centro de la ciudad.
Se ven carretas movidas por lánguidos caballos y a veces por
burros enfermos y viejos.
Los habitantes del barrio regresan a las cinco y de inmediato
el arroz con salchichón.
Una jarra de Frutiño es la bebida y comen hasta la saciedad
después del día de hambre.
Se oye un pick up muy cerca que resuena en el barrio con
gran estropicio.
Tal vez la celebración de un golpe, por eso se ven muchas
canastas de cerveza vacías.
Nadie reclama por la inmensa intranquilidad del sonido a
gran volumen.
Pasan parroquianos de iglesias vestidos de blanco y corbata:
hablan de la salvación.
A media cuadra está el templo, se observan sillas,
amplificación y aire acondicionado.
El suceso de Julián llega al barrio de invasión: eso se veía
venir dicen todos.
El prontuario de Julián no cabe en su expediente y tiene sus
dos hermanos presos.
Su hermana menor ejerce la prostitución en una calle
transitada de la ciudad.
Ella se acuesta con señores de bien, esos que muestran ser hombres
de sus hogares.
Vio desde muy niña a su madre hacer lo mismo para llevar el
pan a casa.
los motorizados gota a gota en una moto irrumpen la tranquilidad de las casas.
Entran sin impedimentos con amenaza e insultos, se observa
violencia.
No hay artículos de valor para sustraer y así costear la
deuda contraída.
Los gota a gota no se van porque saben que el endeudado ha
fallecido.
Solo un desvencijado
y vetusto equipo de sonido en el fondo de la pequeña sala.
Pasan carromotos cargados de electrodomésticos desechados en
los barrios del norte.
La casa de Julián es de ladrillos, el olor es a pobreza, hay
una nevera que no funciona.
Llegan amigos de Julián a visitar la madre que esta de negro
en la puerta de su casa.
Todos tienen prontuario delictivo por hurto, tráfico de
drogas y porte de armas.
Los paga diarios ven desde la esquina que la madre de la víctima
está a la vista.
La madre recibe el pésame en medio de tufos licorosos y
mirada con efecto narcótico.
Los paga diarios ven la oportunidad y abordan a la madre de Julián,
el fallecido.
Hay conato de bronca entre el paga diario y los visitantes en
la casa del muerto.
Pero la notificación quedó en pleno: señora, usted debe
responder por esa deuda.
Ella no dice nada y sigue llorando la muerte de su hijo y
los hombres se van.
Las chismosas recogen cabos en busca de noticias llegan a
donde la madre de Julián
No la conocen, pero actúan como si hubieran sido grandes amigas.
De inmediato se arma un altar con santos, flores, dos velas
y la foto de Julián.
Un desconocido hizo una olla de tinto que se reparte a todos
los visitantes.
La gente trae sillas de sus casas y empieza la rezandera por
el muerto.
el rezo responsorial se escucha desde la cantina que ha
apagado la música.
Se oye un borracho que alega que entre más nos encierren más
malos seremos.
Nadie se pregunta por qué Julián murió en su ley, por qué había
matado y había hurtado.
Pero nadie piensa en las dificultades de la madre en un
ambiente hostil de ese barrio
En medio de drogas y compra venta de hurtos los niños ya
tienen profesión: delincuencia.
Aprietos de una madre con la pobreza total mientras crecen sus
hijos como Julián.
Que podía salir de ese barrio: un médico, un ingeniero, un
hombre de bien, no, nada.
El barrio parió lo que sus habitantes sembraron en medio de
su ignorancia: Delincuentes.
Pero hay gente que cuidó bien a sus hijos, ahora son
albañiles, mecánicos, vendedores y más.
Pero todos sufren de los mismo: la pobreza y la mala vida.
En las elecciones del barrio la democracia es que todos
reciben dinero por su conciencia.
Salen contentos con su miseria en el bolsillo, comen hoy ¿pero
mañana?
Ya puedes decir uno menos, a todos hay que acabarlos. No
tienen solución.
Julián era niño y lloraba su tetero: nadie pensó la suerte
del deshinchado.
Esa es la triste historia del delincuente. Qué habrá más
allá de su delito.
Los niños nacen buenos, son ángeles del cielo, el ambiente
los pervierte.
Ahora puedes celebrar que hay uno menos, destapa la champaña
ya.
Pues goza la muerte de Julián, todos deben merecer balín y
más balín.
Para ellos balín es lo que hay y nada más.
Arturo Muskus Villalba.






